La mayoría de dueños de gato corta las uñas cuando se acuerda, no cuando toca. Y «cuando se acuerda» suele ser demasiado tarde: la uña ya se ha curvado hasta clavarse en la almohadilla, o el gato ya ha destrozado el sofá lo suficiente como para que salte la alarma.
Nadie nos explica que las uñas del gato no se desgastan solas como las del perro. Crecen en capas, se curvan hacia dentro, y si no se cortan, el propio gato termina pagando el precio en forma de dolor o de infección.

Por qué el gato no se las «gasta» como el perro
El perro camina y corre por superficies duras que limaban de forma natural buena parte del crecimiento de la uña. El gato, sobre todo el que vive en un piso, apenas pisa superficies abrasivas: la uña crece sin nada que la desgaste y se curva progresivamente hacia la almohadilla.
El rascador ayuda, pero no sustituye el corte. Lo que hace el rascador es eliminar la capa externa muerta de la uña, no acortar su longitud. Un gato puede rascar el poste todos los días y aun así tener las uñas demasiado largas.
Qué pasa si no se cortan nunca
El problema no es estético, es de salud. Una uña que crece sin control puede llegar a curvarse en espiral hasta clavarse en la propia almohadilla del gato, causando una herida dolorosa y con riesgo real de infección. Esto ocurre con más frecuencia de la que parece en gatos mayores o poco activos, que además son los que menos se dejan manipular las patas.
Además, unas uñas demasiado largas cambian la forma en que el gato apoya la pata al caminar, lo que a la larga puede generar sobrecarga articular. Y en el terreno más cotidiano: son las responsables directas de sofás, cortinas y brazos arañados que el dueño interpreta como «carácter del gato» cuando en realidad es una uña que necesitaba corte hace semanas.
Cada cuánto hay que cortarlas y cómo hacerlo sin pelea
La frecuencia depende del gato, pero como referencia general: cada 2-3 semanas en gatos de interior, algo menos frecuente en gatos con acceso a exterior o rascadores muy usados.
Para hacerlo sin que se convierta en una pelea:
- Elegir un momento en que el gato esté relajado, nunca después de jugar o comer.
- Presionar suavemente la almohadilla para que la uña salga sola, sin forzar la pata hacia atrás.
- Cortar solo la punta transparente, nunca la zona rosada (el «vivo»), que tiene vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas.
- Sesiones cortas: dos o tres uñas y parar, mejor que forzar las diez de golpe con un gato que ya está tenso.
- Premiar después, no durante. El gato asocia mejor la calma posterior que la manipulación en sí.
Cuándo dejarlo en manos profesionales
Si el gato se pone rígido, bufa o intenta escapar en cuanto le tocas la pata, insistir en casa suele empeorar la asociación: cada intento fallido hace el siguiente más difícil. En esos casos, y también en gatos mayores con uñas ya encarnadas, lo razonable es que lo haga alguien con experiencia en manejo felino sin generar más estrés del necesario.
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